カトリック教会のカテキズム


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注

結果 484-512

[484]
La Anunciación a María inaugura “la plenitud de los tiempos”1, es decir, el cumplimiento de las promesas y de los preparativos. María es invitada a concebir a aquel en quien habitará “corporalmente la plenitud de la divinidad”2. La respuesta divina a su “¿cómo será esto, puesto que no conozco varón?”3 se dio mediante el poder del Espíritu: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti”4.
[485]
La misión del Espíritu Santo está siempre unida y ordenada a la del Hijo5. El Espíritu Santo fue enviado para santificar el seno de la Virgen María y fecundarla por obra divina, él que es “el Señor que da la vida”, haciendo que ella conciba al Hijo eterno del Padre en una humanidad tomada de la suya.
[486]
El Hijo único del Padre, al ser concebido como hombre en el seno de la Virgen María es “Cristo”, es decir, el ungido por el Espíritu Santo6, desde el principio de su existencia humana, aunque su manifestación no tuviera lugar sino progresivamente: a los pastores7, a los magos8, a Juan Bautista9, a los discípulos10. Por tanto, toda la vida de Jesucristo manifestará “cómo Dios le ungió con el Espíritu Santo y con poder”11.
[487]
Lo que la fe católica cree acerca de María se funda en lo que cree acerca de Cristo, pero lo que enseña sobre María ilumina a su vez la fe en Cristo.
[488]
“Dios envió a su Hijo”12, pero para “formarle un cuerpo”13 quiso la libre cooperación de una criatura. Para eso desde toda la eternidad, Dios escogió para ser la Madre de su Hijo a una hija de Israel, una joven judía de Nazaret en Galilea, a “una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María”14:
«El Padre de las misericordias quiso que el consentimiento de la que estaba predestinada a ser la Madre precediera a la Encarnación para que, así como una mujer contribuyó a la muerte, así también otra mujer contribuyera a la vida»15.
[489]
A lo largo de toda la Antigua Alianza, la misión de María fue preparada por la misión de algunas santas mujeres. Al principio de todo está Eva: a pesar de su desobediencia, recibe la promesa de una descendencia que será vencedora del Maligno16 y la de ser la madre de todos los vivientes17. En virtud de esta promesa, Sara concibe un hijo a pesar de su edad avanzada18. Contra toda expectativa humana, Dios escoge lo que era tenido por impotente y débil19 para mostrar la fidelidad a su promesa: Ana, la madre de Samuel20, Débora, Rut, Judit, y Ester, y muchas otras mujeres. María “sobresale entre los humildes y los pobres del Señor, que esperan de él con confianza la salvación y la acogen. Finalmente, con ella, excelsa Hija de Sión, después de la larga espera de la promesa, se cumple el plazo y se inaugura el nuevo plan de salvación”21.
[490]
Para ser la Madre del Salvador, María fue “dotada por Dios con dones a la medida de una misión tan importante”22. El ángel Gabriel en el momento de la anunciación la saluda como “llena de gracia”23. En efecto, para poder dar el asentimiento libre de su fe al anuncio de su vocación era preciso que ella estuviese totalmente conducida por la gracia de Dios.
[491]
A lo largo de los siglos, la Iglesia ha tomado conciencia de que María “llena de gracia” por Dios24 había sido redimida desde su concepción. Es lo que confiesa el dogma de la Inmaculada Concepción, proclamado en 1854 por el Papa Pío IX:
«… la bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda la mancha de pecado original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo Salvador del género humano»25.
[492]
Esta “resplandeciente santidad del todo singular” de la que ella fue “enriquecida desde el primer instante de su concepción”26, le viene toda entera de Cristo: ella es “redimida de la manera más sublime en atención a los méritos de su Hijo”27. El Padre la ha “bendecido (…) con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo”28 más que a ninguna otra persona creada. Él la ha “elegido en él antes de la creación del mundo para ser santa e inmaculada en su presencia, en el amor”29.
[493]
Los Padres de la tradición oriental llaman a la Madre de Dios “la Toda Santa” (Panaghia), la celebran “como inmune de toda mancha de pecado y como plasmada y hecha una nueva criatura por el Espíritu Santo”30. Por la gracia de Dios, María ha permanecido pura de todo pecado personal a lo largo de toda su vida.
[494]
Al anuncio de que ella dará a luz al “Hijo del Altísimo” sin conocer varón, por la virtud del Espíritu Santo31, María respondió por “la obediencia de la fe”32, segura de que “nada hay imposible para Dios”: “He aquí la esclava del Señor: hágase en mí según tu palabra”33. Así, dando su consentimiento a la palabra de Dios, María llegó a ser Madre de Jesús y, aceptando de todo corazón la voluntad divina de salvación, sin que ningún pecado se lo impidiera, se entregó a sí misma por entero a la persona y a la obra de su Hijo, para servir, en su dependencia y con él, por la gracia de Dios, al Misterio de la Redención34:
«Ella, en efecto, como dice san Ireneo, “por su obediencia fue causa de la salvación propia y de la de todo el género humano”. Por eso, no pocos Padres antiguos, en su predicación, coincidieron con él en afirmar “el nudo de la desobediencia de Eva lo desató la obediencia de María. Lo que ató la virgen Eva por su falta de fe lo desató la Virgen María por su fe”. Comparándola con Eva, llaman a María “Madre de los vivientes” y afirman con mayor frecuencia: “la muerte vino por Eva, la vida por María”»35.
[495]
Llamada en los Evangelios “la Madre de Jesús”36, María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como “la madre de mi Señor” desde antes del nacimiento de su hijo37. En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [Theotokos]38.
[496]
Desde las primeras formulaciones de la fe39, la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido absque semine ex Spiritu Sancto40, esto es, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra:
Así, san Ignacio de Antioquía (comienzos del siglo II): «Estáis firmemente convencidos acerca de que nuestro Señor es verdaderamente de la raza de David según la carne41, Hijo de Dios según la voluntad y el poder de Dios42, nacido verdaderamente de una virgen (…) Fue verdaderamente clavado por nosotros en su carne bajo Poncio Pilato (…) padeció verdaderamente, como también resucitó verdaderamente»43.
[497]
Los relatos evangélicos44 presentan la concepción virginal como una obra divina que sobrepasa toda comprensión y toda posibilidad humanas45: “Lo concebido en ella viene del Espíritu Santo”, dice el ángel a José a propósito de María, su desposada46. La Iglesia ve en ello el cumplimiento de la promesa divina hecha por el profeta Isaías: “He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo”47 según la versión griega de Mt 1,23.
[498]
A veces ha desconcertado el silencio del Evangelio de san Marcos y de las cartas del Nuevo Testamento sobre la concepción virginal de María. También se ha podido plantear si no se trataría en este caso de leyendas o de construcciones teológicas sin pretensiones históricas. A lo cual hay que responder: la fe en la concepción virginal de Jesús ha encontrado viva oposición, burlas o incomprensión por parte de los no creyentes, judíos y paganos48; no ha tenido su origen en la mitología pagana ni en una adaptación de las ideas de su tiempo. El sentido de este misterio no es accesible más que a la fe que lo ve en ese “nexo que reúne entre sí los misterios”49, dentro del conjunto de los Misterios de Cristo, desde su Encarnación hasta su Pascua. San Ignacio de Antioquía da ya testimonio de este vínculo: “El príncipe de este mundo ignoró la virginidad de María y su parto, así como la muerte del Señor: tres misterios resonantes que se realizaron en el silencio de Dios”50.
[499]
La profundización de la fe en la maternidad virginal ha llevado a la Iglesia a confesar la virginidad real y perpetua de María51 incluso en el parto del Hijo de Dios hecho hombre52. En efecto, el nacimiento de Cristo “lejos de disminuir consagró la integridad virginal” de su madre53. La liturgia de la Iglesia celebra a María como la Aeiparthénon, la “siempre-virgen”54.
[500]
A esto se objeta a veces que la Escritura menciona unos hermanos y hermanas de Jesús55. La Iglesia siempre ha entendido estos pasajes como no referidos a otros hijos de la Virgen María; en efecto, Santiago y José “hermanos de Jesús”56 son los hijos de una María discípula de Cristo57 que se designa de manera significativa como “la otra María”58. Se trata de parientes próximos de Jesús, según una expresión conocida del Antiguo Testamento59.
[501]
Jesús es el Hijo único de María. Pero la maternidad espiritual de María se extiende60 a todos los hombres a los cuales Él vino a salvar: “Dio a luz al Hijo, al que Dios constituyó el Primogénito entre muchos hermanos61, es decir, de los creyentes, a cuyo nacimiento y educación colabora con amor de madre”62.
[502]
La mirada de la fe, unida al conjunto de la Revelación, puede descubrir las razones misteriosas por las que Dios, en su designio salvífico, quiso que su Hijo naciera de una virgen. Estas razones se refieren tanto a la persona y a la misión redentora de Cristo como a la aceptación por María de esta misión para con los hombres.
[503]
La virginidad de María manifiesta la iniciativa absoluta de Dios en la Encarnación. Jesús no tiene como Padre más que a Dios63. “La naturaleza humana que asumió no le ha alejado jamás de su Padre (…); Uno y el mismo es el Hijo de Dios y del hombre, por naturaleza Hijo del Padre según la divinidad; por naturaleza Hijo de la Madre según la humanidad, pero propiamente Hijo del Padre en sus dos naturalezas”64.
[504]
Jesús fue concebido por obra del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María porque él es el Nuevo Adán65 que inaugura la nueva creación: “El primer hombre, salido de la tierra, es terreno; el segundo viene del cielo”66. La humanidad de Cristo, desde su concepción, está llena del Espíritu Santo porque Dios “le da el Espíritu sin medida”67. De “su plenitud”, cabeza de la humanidad redimida68, “hemos recibido todos gracia por gracia”69.
[505]
Jesús, el nuevo Adán, inaugura por su concepción virginal el nuevo nacimiento de los hijos de adopción en el Espíritu Santo por la fe “¿Cómo será eso?”70. La participación en la vida divina no nace “de la sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre, sino de Dios”71. La acogida de esta vida es virginal porque toda ella es dada al hombre por el Espíritu. El sentido esponsal de la vocación humana con relación a Dios72 se lleva a cabo perfectamente en la maternidad virginal de María.
[506]
María es virgen porque su virginidad es el signo de su fe no adulterada por duda alguna73 y de su entrega total a la voluntad de Dios74. Su fe es la que le hace llegar a ser la madre del Salvador: Beatior est Maria percipiendo fidem Christi quam concipiendo carnem Christi (“Más bienaventurada es María al recibir a Cristo por la fe que al concebir en su seno la carne de Cristo”75).
[507]
María es a la vez virgen y madre porque ella es la figura y la más perfecta realización de la Iglesia76: “La Iglesia (…) se convierte en Madre por la palabra de Dios acogida con fe, ya que, por la predicación y el bautismo, engendra para una vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por el Espíritu Santo y nacidos de Dios. También ella es virgen que guarda íntegra y pura la fidelidad prometida al Esposo”77.
[508]
De la descendencia de Eva, Dios eligió a la Virgen María para ser la Madre de su Hijo. Ella, “llena de gracia”, es “el fruto más excelente de la redención”78; desde el primer instante de su concepción, fue totalmente preservada de la mancha del pecado original y permaneció pura de todo pecado personal a lo largo de toda su vida.
[509]
María es verdaderamente “Madre de Dios” porque es la madre del Hijo eterno de Dios hecho hombre, que es Dios mismo.
[510]
María “fue Virgen al concebir a su Hijo, Virgen durante el embarazo, Virgen en el parto, Virgen después del parto, Virgen siempre”79: ella, con todo su ser, es “la esclava del Señor”80.
[511]
La Virgen María “colaboró por su fe y obediencia libres a la salvación de los hombres”81. Ella pronunció su “fiat” loco totius humanae naturae (“ocupando el lugar de toda la naturaleza humana”)82: Por su obediencia, ella se convirtió en la nueva Eva, madre de los vivientes.
[512]
Respecto a la vida de Cristo, el Símbolo de la Fe no habla más que de los misterios de la Encarnación (concepción y nacimiento) y de la Pascua (pasión, crucifixión, muerte, sepultura, descenso a los infiernos, resurrección, ascensión). No dice nada explícitamente de los misterios de la vida oculta y pública de Jesús, pero los artículos de la fe referente a la Encarnación y a la Pascua de Jesús iluminan toda la vida terrena de Cristo. “Todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el principio hasta el día en que (…) fue llevado al cielo”1 hay que verlo a la luz de los misterios de Navidad y de Pascua.