カトリック教会のカテキズム


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注

結果 535-560

[535]
El comienzo83 de la vida pública de Jesús es su bautismo por Juan en el Jordán84. Juan proclamaba “un bautismo de conversión para el perdón de los pecados”85. Una multitud de pecadores, publicanos y soldados86, fariseos y saduceos87 y prostitutas88 viene a hacerse bautizar por él. “Entonces aparece Jesús”. El Bautista duda. Jesús insiste y recibe el bautismo. Entonces el Espíritu Santo, en forma de paloma, viene sobre Jesús, y la voz del cielo proclama que él es “mi Hijo amado”89. Es la manifestación (“Epifanía”) de Jesús como Mesías de Israel e Hijo de Dios.
[536]
El bautismo de Jesús es, por su parte, la aceptación y la inauguración de su misión de Siervo doliente. Se deja contar entre los pecadores90; es ya “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”91; anticipa ya el “bautismo” de su muerte sangrienta92. Viene ya a “cumplir toda justicia”93, es decir, se somete enteramente a la voluntad de su Padre: por amor acepta el bautismo de muerte para la remisión de nuestros pecados94. A esta aceptación responde la voz del Padre que pone toda su complacencia en su Hijo95. El Espíritu que Jesús posee en plenitud desde su concepción viene a “posarse” sobre él96. De él manará este Espíritu para toda la humanidad. En su bautismo, “se abrieron los cielos”97 que el pecado de Adán había cerrado; y las aguas fueron santificadas por el descenso de Jesús y del Espíritu como preludio de la nueva creación.
[537]
Por el Bautismo, el cristiano se asimila sacramentalmente a Jesús que anticipa en su bautismo su muerte y su resurrección: debe entrar en este misterio de rebajamiento humilde y de arrepentimiento, descender al agua con Jesús, para subir con él, renacer del agua y del Espíritu para convertirse, en el Hijo, en hijo amado del Padre y “vivir una vida nueva”98:
«Enterrémonos con Cristo por el Bautismo, para resucitar con él; descendamos con él para ser ascendidos con él; ascendamos con él para ser glorificados con él»99.
«Todo lo que aconteció en Cristo nos enseña que después del baño de agua, el Espíritu Santo desciende sobre nosotros desde lo alto del cielo y que, adoptados por la Voz del Padre, llegamos a ser hijos de Dios»100.
[538]
Los evangelios hablan de un tiempo de soledad de Jesús en el desierto inmediatamente después de su bautismo por Juan: “Impulsado por el Espíritu” al desierto, Jesús permanece allí sin comer durante cuarenta días; vive entre los animales y los ángeles le servían101. Al final de este tiempo, Satanás le tienta tres veces tratando de poner a prueba su actitud filial hacia Dios. Jesús rechaza estos ataques que recapitulan las tentaciones de Adán en el Paraíso y las de Israel en el desierto, y el diablo se aleja de él “hasta el tiempo determinado”102.
[539]
Los evangelistas indican el sentido salvífico de este acontecimiento misterioso. Jesús es el nuevo Adán que permaneció fiel allí donde el primero sucumbió a la tentación. Jesús cumplió perfectamente la vocación de Israel: al contrario de los que anteriormente provocaron a Dios durante cuarenta años por el desierto103, Cristo se revela como el Siervo de Dios totalmente obediente a la voluntad divina. En esto Jesús es vencedor del diablo; él ha “atado al hombre fuerte” para despojarle de lo que se había apropiado104. La victoria de Jesús en el desierto sobre el Tentador es un anticipo de la victoria de la Pasión, suprema obediencia de su amor filial al Padre.
[540]
La tentación de Jesús manifiesta la manera que tiene de ser Mesías el Hijo de Dios, en oposición a la que le propone Satanás y a la que los hombres105 le quieren atribuir. Por eso Cristo ha vencido al Tentador en beneficio nuestro: “Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado”106. La Iglesia se une todos los años, durante los cuarenta días de la Gran Cuaresma, al Misterio de Jesús en el desierto.
[541]
“Después que Juan fue preso, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva”107. “Cristo, por tanto, para hacer la voluntad del Padre, inauguró en la tierra el Reino de los cielos”108. Pues bien, la voluntad del Padre es “elevar a los hombres a la participación de la vida divina”109. Lo hace reuniendo a los hombres en torno a su Hijo, Jesucristo. Esta reunión es la Iglesia, que es sobre la tierra “el germen y el comienzo de este Reino”110.
[542]
Cristo es el corazón mismo de esta reunión de los hombres como “familia de Dios”. Los convoca en torno a él por su palabra, por sus señales que manifiestan el Reino de Dios, por el envío de sus discípulos. Sobre todo, él realizará la venida de su Reino por medio del gran Misterio de su Pascua: su muerte en la Cruz y su Resurrección. “Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí”111. A esta unión con Cristo están llamados todos los hombres112.
[543]
Todos los hombres están llamados a entrar en el Reino. Anunciado en primer lugar a los hijos de Israel113, este reino mesiánico está destinado a acoger a los hombres de todas las naciones114. Para entrar en él, es necesario acoger la palabra de Jesús:
«La palabra de Dios se compara a una semilla sembrada en el campo: los que escuchan con fe y se unen al pequeño rebaño de Cristo han acogido el Reino; después la semilla, por sí misma, germina y crece hasta el tiempo de la siega»115.
[544]
El Reino pertenece a los pobres y a los pequeños, es decir, a los que lo acogen con un corazón humilde. Jesús fue enviado para “anunciar la Buena Nueva a los pobres”116. Los declara bienaventurados porque de “ellos es el Reino de los cielos”117; a los “pequeños” es a quienes el Padre se ha dignado revelar las cosas que ha ocultado a los sabios y prudentes118. Jesús, desde el pesebre hasta la cruz comparte la vida de los pobres; conoce el hambre119, la sed120 y la privación121. Aún más: se identifica con los pobres de todas clases y hace del amor activo hacia ellos la condición para entrar en su Reino122.
[545]
Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino: “No he venido a llamar a justos sino a pecadores”123. Les invita a la conversión, sin la cual no se puede entrar en el Reino, pero les muestra de palabra y con hechos la misericordia sin límites de su Padre hacia ellos124 y la inmensa “alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta”125. La prueba suprema de este amor será el sacrificio de su propia vida “para remisión de los pecados”126.
[546]
Jesús llama a entrar en el Reino a través de las parábolas, rasgo típico de su enseñanza127. Por medio de ellas invita al banquete del Reino128, pero exige también una elección radical para alcanzar el Reino, es necesario darlo todo129; las palabras no bastan, hacen falta obras130. Las parábolas son como un espejo para el hombre: ¿acoge la palabra como un suelo duro o como una buena tierra131? ¿Qué hace con los talentos recibidos132? Jesús y la presencia del Reino en este mundo están secretamente en el corazón de las parábolas. Es preciso entrar en el Reino, es decir, hacerse discípulo de Cristo para “conocer los Misterios del Reino de los cielos”133. Para los que están “fuera”134, la enseñanza de las parábolas es algo enigmático135.
[547]
Jesús acompaña sus palabras con numerosos “milagros, prodigios y signos”136 que manifiestan que el Reino está presente en Él. Ellos atestiguan que Jesús es el Mesías anunciado137.
[548]
Los signos que lleva a cabo Jesús testimonian que el Padre le ha enviado138. Invitan a creer en Jesús139. Concede lo que le piden a los que acuden a él con fe140. Por tanto, los milagros fortalecen la fe en Aquel que hace las obras de su Padre: éstas testimonian que él es Hijo de Dios141. Pero también pueden ser “ocasión de escándalo”142. No pretenden satisfacer la curiosidad ni los deseos mágicos. A pesar de tan evidentes milagros, Jesús es rechazado por algunos143; incluso se le acusa de obrar movido por los demonios144.
[549]
Al liberar a algunos hombres de los males terrenos del hambre145, de la injusticia146, de la enfermedad y de la muerte147, Jesús realizó unos signos mesiánicos; no obstante, no vino para abolir todos los males aquí abajo148, sino a liberar a los hombres de la esclavitud más grave, la del pecado149, que es el obstáculo en su vocación de hijos de Dios y causa de todas sus servidumbres humanas.
[550]
La venida del Reino de Dios es la derrota del reino de Satanás150: “Pero si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios”151. Los exorcismos de Jesús liberan a los hombres del dominio de los demonios152. Anticipan la gran victoria de Jesús sobre “el príncipe de este mundo”153. Por la Cruz de Cristo será definitivamente establecido el Reino de Dios: Regnavit a ligno Deus (“Dios reinó desde el madero de la Cruz”154).
[551]
Desde el comienzo de su vida pública Jesús eligió unos hombres en número de doce para estar con Él y participar en su misión155; les hizo partícipes de su autoridad “y los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar”156. Ellos permanecen para siempre asociados al Reino de Cristo porque por medio de ellos dirige su Iglesia:
«Yo, por mi parte, dispongo el Reino para vosotros, como mi Padre lo dispuso para mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi Reino y os sentéis sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel»157.
[552]
En el colegio de los Doce, Simón Pedro ocupa el primer lugar158. Jesús le confía una misión única. Gracias a una revelación del Padre, Pedro había confesado: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”. Entonces Nuestro Señor le declaró: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella”159. Cristo, “Piedra viva”160, asegura a su Iglesia, edificada sobre Pedro, la victoria sobre los poderes de la muerte. Pedro, a causa de la fe confesada por él, será la roca inquebrantable de la Iglesia. Tendrá la misión de custodiar esta fe ante todo desfallecimiento y de confirmar en ella a sus hermanos161.
[553]
Jesús ha confiado a Pedro una autoridad específica: “A ti te daré las llaves del Reino de los cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos”162. El poder de las llaves designa la autoridad para gobernar la casa de Dios, que es la Iglesia. Jesús, “el Buen Pastor”163 confirmó este encargo después de su resurrección: “Apacienta mis ovejas”164. El poder de “atar y desatar” significa la autoridad para absolver los pecados, pronunciar sentencias doctrinales y tomar decisiones disciplinares en la Iglesia. Jesús confió esta autoridad a la Iglesia por el ministerio de los Apóstoles165 y particularmente por el de Pedro, el único a quien Él confió explícitamente las llaves del Reino.
[554]
A partir del día en que Pedro confesó que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, el Maestro “comenzó a mostrar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén, y sufrir (…) y ser condenado a muerte y resucitar al tercer día”166: Pedro rechazó este anuncio167, los otros no lo comprendieron mejor168. En este contexto se sitúa el episodio misterioso de la Transfiguración de Jesús169, sobre una montaña, ante tres testigos elegidos por él: Pedro, Santiago y Juan. El rostro y los vestidos de Jesús se pusieron fulgurantes como la luz, Moisés y Elías aparecieron y le “hablaban de su partida, que estaba para cumplirse en Jerusalén”170. Una nube les cubrió y se oyó una voz desde el cielo que decía: “Este es mi Hijo, mi elegido; escuchadle”171.
[555]
Por un instante, Jesús muestra su gloria divina, confirmando así la confesión de Pedro. Muestra también que para “entrar en su gloria”172, es necesario pasar por la Cruz en Jerusalén. Moisés y Elías habían visto la gloria de Dios en la Montaña; la Ley y los profetas habían anunciado los sufrimientos del Mesías173. La Pasión de Jesús es la voluntad por excelencia del Padre: el Hijo actúa como siervo de Dios174. La nube indica la presencia del Espíritu Santo: Tota Trinitas apparuit: Pater in voce; Filius in homine, Spiritus in nube clara (“Apareció toda la Trinidad: el Padre en la voz, el Hijo en el hombre, el Espíritu en la nube luminosa”175):
«En el monte te transfiguraste, Cristo Dios, y tus discípulos contemplaron tu gloria, en cuanto podían comprenderla. Así, cuando te viesen crucificado, entenderían que padecías libremente, y anunciarían al mundo que tú eres en verdad el resplandor del Padre»176.
[556]
En el umbral de la vida pública se sitúa el Bautismo; en el de la Pascua, la Transfiguración. Por el bautismo de Jesús “fue manifestado el misterio de la primera regeneración”: nuestro Bautismo; la Transfiguración “es el sacramento de la segunda regeneración”: nuestra propia resurrección177. Desde ahora nosotros participamos en la Resurrección del Señor por el Espíritu Santo que actúa en los sacramentos del Cuerpo de Cristo. La Transfiguración nos concede una visión anticipada de la gloriosa venida de Cristo “el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo”178. Pero ella nos recuerda también que “es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios”179:
«Pedro no había comprendido eso cuando deseaba vivir con Cristo en la montaña180. Te ha reservado eso, oh Pedro, para después de la muerte. Pero ahora, él mismo dice: Desciende para penar en la tierra, para servir en la tierra, para ser despreciado y crucificado en la tierra. La Vida desciende para hacerse matar; el Pan desciende para tener hambre; el Camino desciende para fatigarse andando; la Fuente desciende para sentir la sed; y tú, ¿vas a negarte a sufrir?»181.
[557]
“Como se iban cumpliendo los días de su asunción, él se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén”182. Por esta decisión, manifestaba que subía a Jerusalén dispuesto a morir. En tres ocasiones había repetido el anuncio de su Pasión y de su Resurrección183. Al dirigirse a Jerusalén dice: “No cabe que un profeta perezca fuera de Jerusalén”184.
[558]
Jesús recuerda el martirio de los profetas que habían sido muertos en Jerusalén185. Sin embargo, persiste en llamar a Jerusalén a reunirse en torno a él: “¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina reúne a sus pollos bajo las alas y no habéis querido!”186. Cuando está a la vista de Jerusalén, llora sobre ella187 y expresa una vez más el deseo de su corazón:“¡Si también tú conocieras en este día el mensaje de paz! pero ahora está oculto a tus ojos”188.
[559]
¿Cómo va a acoger Jerusalén a su Mesías? Jesús rehuyó siempre las tentativas populares de hacerle rey189, pero elige el momento y prepara los detalles de su entrada mesiánica en la ciudad de “David, su padre”190. Es aclamado como hijo de David, el que trae la salvación (“Hosanna” quiere decir “¡sálvanos!”, “Danos la salvación!”). Pues bien, el “Rey de la Gloria”191 entra en su ciudad “montado en un asno”192: no conquista a la hija de Sión, figura de su Iglesia, ni por la astucia ni por la violencia, sino por la humildad que da testimonio de la Verdad193. Por eso los súbditos de su Reino, aquel día fueron los niños194 y los “pobres de Dios”, que le aclamaban como los ángeles lo anunciaron a los pastores195. Su aclamación “Bendito el que viene en el nombre del Señor”196, ha sido recogida por la Iglesia en el Sanctus de la liturgia eucarística para introducir al memorial de la Pascua del Señor.
[560]
La entrada de Jesús en Jerusalén manifiesta la venida del Reino que el Rey-Mesías llevará a cabo mediante la Pascua de su Muerte y de su Resurrección. Con su celebración, el domingo de Ramos, la liturgia de la Iglesia abre la gran Semana Santa.